Autor: Leonardo Ortega
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Aún no amanece y ya el viejo Fulgencio anda trajinando en la oficina-almacén de la estación, mero puesto de abastecimiento de agua y carbón de un ramal del ferrocarril que corre rumbo al norte.
Con tan sólo un café en el estómago, el viejo recoge sus herramientas, siempre limpias y bien cuidadas, las mete en un saco de arpillera y se dirige hacia el armón. Con la habilidad que dan los años de práctica, lo saca del apartadero, lo coloca en la vía y se lanza, dale que dale a la palanca. Un día en una dirección, otro en en la otra, revisando los durmientes, los clavos y las uniones de los rieles. Cuando encuentra algún desperfecto, detiene su vehículo y con meticulosidad, realiza la reparación. Cada vez el esfuerzo de remachar los clavos de las vías, acomodar la grava alrededor de los durmientes y calafatear los que se encuentran partidos o agrietados, lo cansa más. Insensiblemente ha ido reduciendo la distancia que recorre diariamente. Antes tenía un ayudante, pero ya no. Está solo y aún así, no deja de hacer el trabajo. No lo han detenido nunca los elementos o las enfermedades. Está muy consciente de que si la vía no está en buen estado, puede ocurrir un accidente o un retraso en la circulación. El deber y el ferrocarril, son su vida.
Como lo son para doña Catalina, que todos los días se levanta a las 5.00 AM a encender el fogón, y preparar los alimentos que los pasajeros consumirán en la parada de más de media hora que en ese lugar hace el tren. A las 10 de la mañana, la hora justa para el almuerzo, ya tiene todo listo y esperando. Su primer cliente, como siempre, es don Fulgencio, que llega una vez terminado su trabajo. Ya ni siquiera se molesta en pedir. La dueña del local lo conoce desde hace muchos años, tantos, que la conversación entre ellos sigue siempre la misma rutina y gira alrededor de los mismos tópicos: el clima, si el tren llegará a tiempo o vendrá retrasado, si traerá mucha gente.
Hay también un tema recurrente, que sin que ambos lo mencionen, está presente en sus pensamientos: ¿vendrá en esa corrida el esposo de doña Catalina? Se fue hace muchos años, prometiendo regresar tan pronto hiciera dinero en el “otro lado”, pero el tiempo pasa y no regresa. Si tan sólo supieran que ya no va a regresar o que ya se murió, podrían ellos tal vez…
Afuera, los alambres del telégrafo zumban con el aire, como zumbaron hace ya muchos días, muchos años, con la orden de que por ese tramo no pasarán más los trenes.
